Carmen

Julio 18, 2008

- Ce qui a commencé doit finir, que diría Luna.
Este post es la tercera parte,
aquí está la primera y aquí la segunda. -

La táctica más vulgar ante un silencio sobrevenido es buscar rápidamente el último paredero común, así que le pregunté qué había sido del resto de integrantes de la panda. En todos los casos su respuesta fue similar: Pancho se casó y tiene un par de churumbeles, Bea vive en Suiza con su marido, Tito va por el segundo matrimonio, Desi también tiene dos o tres críos, etc. Definitivamente el mundo se ha movido muchísimo los últimos años mientras yo me he quedado quieto, muy quieto, incluso haciendo todo lo posible por permanecer virgen ante el movimiento. No sé si daba la imagen de seguir buscando alguna especie de sueño o por el contrario haber renunciado a todos ellos. Los únicos sueños posibles siempre quedan atrás, en cualquier pasado edulcorado por la memoria, irrecuperable porque nada existió como se recuerda. Pudo ser en cualquier tiempo, incluso el que compartí con ella.
Ahí de pie, frente a frente como en un duelo del Oeste, habíamos acudido armados con espejos para dispararnos mutuamente la amarga verdad: ni estrella del rock ni actriz de teatro, ejecutiva, abogado, representantes de un mundo gris y madrugador, práctico, hipotecado.
Empezaba a cobrar vida en mi cabeza el tango ése que dice este encuentro me ha hecho tanto mal, que si lo pienso más, termino envenenao, esta noche me emborracho bien, me mamo bien mamao, pa no pensar...

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Fui a buscar a mi primo a la hora de comer y aunque conseguí escapar antes de mi oficina me perdí buscando la calle. Está claro que da igual cómo lo afronte, siempre pasa algo, soy un tipo impuntual y quiera o no siempre llego tarde. Mientras él atendía una llamada esperé impaciente a que ocurriera el milagro. Su despachito de mampara de cristal semejaba una asfixiante pecera con apliques de metal, a ambos lados de un monitor plano los únicos colores los aportaban un tronco de Brasil y una foto de su novia. Nada de particular. Procuraba no pensar, sólo sentir ese hormigueo tan divertido como difícil de encontrar.
Hasta que apareció en la puerta una figurita que no hubiera señalado en ninguna rueda de reconocimiento, ¿Carmen? Había cambiado tanto que podía haber estado viviendo en mi edificio y no establecer relación. ¿Carmen? Se había quedado flaca como una estaca, tenía el pelo largo dejando entre sombras unos rasgos ahora angulosos, baqueteados, una mirada cansada. Vestía moderna, adulta. Ay, cómo me dolió la maldita curiosidad. ¿Conocen esa frase de “quien busca la verdad merece el castigo de encontrarla”? Creo que incluso se me pasó por la frente hacerme el loco y evaporarme ¿Chucho? No, no soy yo, yo traigo un muestrario de muebles de oficina, mire, mire a qué precios tenemos los archivadores, por no hablar de las mesas que ocultan en esta bandeja el teclado del ordenador, fíjese cómo cunde el espacio, nos las están quitando de las manos. Sonreí porque es lo que hago siempre aunque no quiera, pero la sensación de estar frente a alguien que si era nuevo no sabría cómo tratar, y si era antiguo había perdido la costumbre, iba camino de convertir la situación en un glaciar. Y si desde mi punto de vista era extraño, no querría por nada del mundo conocer el sapo que se estaba tragando ella. Argh.
Para que no faltara ningún detalle, en un instante mientras hablaba miró a Óscar, yo lancé una ojeada fugaz a algo que de reojo había visto brillar en su mano, en efecto, no podía faltar: lucía un brillante anillo de casada. Cómo deseé en ese momento estar a diez mil jodidas millas de allí.

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…pero no llegó la sangre al río. Óscar se despidió de su interlocutor y al colgar hizo algún comentario chistoso sobre su cliente, yo no lo entendí pero Carmen sí y soltó una carcajada que me hizo dar un respingo, ¡ahí estaba! ¡esa risa seguía intacta! ¡congelen la escena! Tan escandalosa y demente como la recordaba, aquella risotada loca -bañándonos de noche en la playa, pidiendo la decimonovena copa en la barra, corriendo hacia el concierto de Rage Against The Machine- parecía el único ápice de su locura que había sobrevivido no sé cómo al terremoto de esta larga década sin vernos. ¡Algo es algo! Un asidero reconocible ya tan inesperado que tuve la impresión de volver a respirar, me relajé de golpe y desaparecieron buena parte de la incomodidad y la tentación de huir por el pasillo. Se dejó sentir en el ambiente y debió notarlo ella. Sacó un paquete de tabaco y me ofreció y cuando pregunté ¿Pero se puede fumar aquí? me miró componiendo otra burlona expresión también traída de once veranos atrás y mientras encendía uno soltó ¡Claro que no! A partir de ahí durante los siguientes minutos más o menos me reencontré con parte de lo que fue, de lo que éramos, reconocía algún rasgo añejo, aislado, y me parecía que estaba mereciendo la pena. Recuperar el pulso tras el despiste por el envoltorio resultó muy, muy agradable.
Intercambiando impresiones una brillantes y otras de protocolo el tiempo se iba y por más deprisa que hablara el cabrón no desaceleraba, la entrevista llegó al fin sin alcanzar la media hora. Me quedé sin saber si había más por desenterrar, sin distinguir con certeza cuánto era evolución y cuánto disfraz, por supuesto sin averiguar si seguiríamos haciendo saltar chispas al estar juntos o si los caminos nos habían hecho irreconciliables. Quizás sea mejor así. Quizás no. Quizás sí. Al abandonar el edificio con mi primo me daba perfecta cuenta de que, a pesar de mis prejuicios y sobresaltos, todo había transcurrido por los más tópicos derroteros: frialdad, semiconexión, muerte súbita, retorno a la realidad. Nada nuevo bajo el sol. No obstante me llevaba del episodio un regusto a rato hermoso, emocionante, atemporal.

Una hora y media después de despedirnos, en la sobremesa con Óscar apurando el primer johnywalker, a veces sentía una sonrisa medio ausente amanecer en mi cara, era evidente que iba a seguir por unos días  dándole vueltas.

Teniéndolo tan claro no va a ser fácil disimular: me he quedado con ganas de más.

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