El informe de la minoría
Mayo 29, 2008Ayer poco antes de las diez de la mañana, exagerando como siempre la puntualidad, llegó a la oficina una de mis dos clientes favoritas: Maribel. Una dulcísima señora mayor, adorable como ella sola y escandalosamente forrada. Tiene algo, no sé si la apariencia venerable, o la suave voz, o la clase y las maneras exquisitas que en estos días casi parecen un anacronismo. Sea lo que sea hace que sentarse a hablar con ella, aún sobre cuestiones del trabajo, resulte un remanso de paz.
Pero la cuestión es que antes de irse hizo algo sumamente extraño: me deslizó en la mano algo de dinero medio disimulando, como a escondidas. Igual que hacía mi abuela con alguna chuchería que hubiera comprado sin el conocimiento y mucho menos el consentimiento de mis padres. Quedé por demás extrañado, casi conmovido, pero cuando por fin reaccioné intentado devolvérselo se hizo la ofendida con tanta coquetería que no tuve otro remedio que recular. Me dijo Para que invites a algo a tu novia, explicar una vez más que no hay tal me dio demasiada pereza. Cuando regresé a mi mesa sentí que me ponía del color de la grana, guardé la propina como si fuera una muestra de kriptonita, me rondaron preguntas estúpidas: ¿por qué hoy? ¿por qué esta vez y nunca antes en ninguno de los cinco años que llevo ocupándome de sus asuntos?
Pasadas las once se presentó por sorpresa Yolanda, mi otra cliente favorita, una ingeniera de caminos de mi edad que en vez de hacer pasta dirigiendo obras eligió la docencia y da clases en la universidad. Primero me disgustó un poco que apareciera sin avisar, me fastidia que en la vorágine de estos dos meses me descuadren los planes que tan malamente intento cumplir, tampoco me hacía gracia la idea de que se hubiera concentrado lo mejor de todo mayo y junio en la misma mañana. No obstante olvidé esa suma de tonterías en cuanto la vi y pasé dos minutos con ella porque casi olvido hasta el planeta en el que habito. No parece muy terrestre que exista una persona así, tan sencilla y a la vez tan encantadora, que por un rato te haga sentir como si todo fuera una buena idea, como si vivir no costara.
Pero la cuestión es que después, mientras la acompañaba hasta la puerta, metí una mano en el bolsillo que fue a toparse con el billete de Maribel. Casi no me dio tiempo ni a pensar que lo había olvidado, sentí claramente cómo la idea nacía en la yema de los dedos y subía vertiginosa hacia la garganta para salir por mi boca en forma de sonido: ¿Tienes diez minutos? Te invito a un café.
para J (que cree en el destino)

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Publicado por Chucho