Respiración asistida
Febrero 27, 2008A las nueve en punto de esta mañana, cuando aún no había terminado de cagarme en la huelga de la EMT, he oído sonar el teléfono a lo lejos y a la secretaria (del post anterior) atender la llamada y decir que mi jefe no estaba y al poco ha sonado el mío. Mal asunto, sin duda, seguro, un escalón más de esta semana insoportable que empezó mal y muy despacio, pero sin descanso, está yendo a peor.
Del tipo que había al otro lado, con el que me ha puesto en contacto advirtiéndome que estaba de lo más agresivo, no voy a dar detalles, ni de su arisco talante ni de sus oscuros negocios, porque sé que me calentaré, empezaré por la muy puta madre que lo parió y no sé dónde acabaré. El caso es que ignoro si el sujeto se había levantado con el pie izquierdo o su mujer le había puesto un nuevo par de cuernos o se le había aparecido otra vez el fantasma de su hijo muerto, sea lo que fuere está claro que la ha pagado conmigo, el primer plato que ha encontrado a tiro. Durante quince o veinte minutos me ha estado soltando una bronca tremebunda a grito pelado que me ha dejado la cara colorada y las cañerías tiritando, y como encima llevaba casi toda la razón yo no tenía mucho margen de defensa y he acabado musitando Sí señor, sí señor asumiendo que la responsabilidad caerá sobre mi como una lluvia de napalm.
Tan patético momento y tan a primera hora, sin haber desayunado y totalmente desprevenido, hasta me ha dejado mal cuerpo. Tras colgar he quedado como en suspenso, mirando el fondo de la pantalla, donde sigue luciendo un hermoso paisaje de Sierra Nevada, sin ver absolutamente nada. Una de esas bruscas caídas de tensión que luego a la larga quizás no sean tan graves pero en el momento suponen desagradables sapos que tragar, zancadillas que apenas ves venir y que poco a poco se van sumando, acumulando pruebas de que esta pelea por dinero es absurda, alimentando la vieja utopía compartida con un colega de reunir valor para mandarlo todo a tomar por saco y huir a Jamaica a vender pulseras por la playa.
El teléfono ha sonado de nuevo a los pocos segundos, cuando seguía masticando el estupor por las collejas recibidas y trataba de imaginar las que están por venir. He descolgado con resignación haciendo acopio de la dignidad que quedaba y adivinando que el tirano de antes se había dejado alguna grosería por chillar y volvía a la carga con alguna clase de postdata. Estaba viendo venir otra jarnada como la de ayer y la de anteayer, un miércoles ceniciento y cabrón perfectamente encuadrado en esta semana en la que nada, pero nada, de cualquier orden, está saliendo bien. Sin embargo con quien me han pasado ha sido con mi primo, un habitual de la oficina en tiempos de impuestos:
- ¡Chucho! ¿Qué tal vas? Nos vamos a esquiar este fin de semana, ¿te apuntas?
No sé si se han puesto de acuerdo para comprobar el grado de elasticidad de mi ánimo, últimamente inestable como un valor bursátil, pero nada más escuchar la invitación, supongo que para nivelar el palo anterior, se me han llenado las pupilas del reflejo de la nieve y los oídos del discurso del viento. Aunque es obvio que no se pueden compensar las churras con las meninas son estos detalles, que en realidad no pasan de simples y casi inútiles placebos, los que mantienen encendidas las lucecitas del túnel por donde voy caminando.
El sonido apenas ha logrado atravesar el nudo de mi garganta:
- Joder Óscar, tienes el don de la oportunidad.

Publicado por Chucho