Che

Octubre 10, 2007

Hace unos días un blogero con el que a primera vista lo más que comparto es el aprecio por las canciones de Andrés, tuvo a bien comentar un post e incluyó entre sus palabras esa expresión: che.

Che hace mucho que no me suena a revolucionario, me suena como cuando abres una lata de cocacola y escuchas ése murmullo, pero en vez de burbujas lo que encuentro es el sonido de la descomunal melancolía que siento por una serie de lugares, por una luz limpia que no conocía y por un milagro de agua que curaba las heridas y por el abrazo húmedo del aire que me recibía siempre que bajaba la ventanilla al entrar con el coche por la Avenida del Cid.

Che son los arroces de tres mil formas preparados que probé en un montón de sitios, es el tacto del abrigo que siempre llevaba conmigo y luego tenía que dejar en casa porque la temperatura resultaba casi siempre más suave, es el comienzo azul del segundo disco de La Habitación Roja que ella puso un día mientras desayunábamos y me lo tuve que llevar, es el bullicio de la ciudad entera en estado de efervescencia al bajar del Alaris en la Estación del Norte con la mochila al hombro la semana previa a Fallas y encontrar su sonrisa de oreja a oreja esperándome con un pañuelo azul y blanco en el cuello, es caminar despacio admirando el atestado Mercado Central para llegar paseando a las Torres de Quart porque las había visto a lo lejos y tenía curiosidad, es sentarse en aquel local de la Alboraya donde me bebí un litro de horchata mojando fartons porque nunca la había probado mejor, es pasear por la Malvarrosa un atardecer otoñal con el viento de cara y su perro corriendo alrededor para que volviéramos a tirarle la pelota, es salir por la noche a emborracharnos en la barra de aquel bar de El Carmen donde trabajaba su amiga, es escuchar la historia del brazo de San Vicente guardado en la Catedral bajo el sonido de las campanas del Micalet y descansar fumando algo al solete en el parquecito con césped que había enfrente, es conducir su coche en aquella excursión a cenar cocas de dacsa y escuchar su voz melosa pidiendo una rondita de mistela para terminar, es disfrutar a pesar de ser enemigo del ambiente que se generaba por los alrededores de Mestalla las noches de partido, es burlarse de mis intentos por aprender las expresiones en su idioma para tratar de pasar desapercibido, es esperar a que acabaran las obras en la Ciudad de las Artes para pasar el día entre la fauna inverosímil y los experimentos científicos, es bajar a dar una vuelta por el antiguo cauce del Turia en una primavera que brillaba como ninguna, es despertar a su lado en el apartamento de Blasco Ibáñez apretados en una cama de setenta, es charlar con los parroquianos del bar de abajo cuando bajábamos a cenar apresurados antes de ir a algún concierto en Viveros, es observar su piel de sabor salado dorándose despacio al sol de todos aquellos veranos, es no acostumbrarme nunca a las insoportables despedidas de los domingos antes de regresar a la rutina escuchando el Carrusel, es la eterna discursión sobre por qué a un café con hielo lo llamaba del tiempo y por qué le echaban siempre una rodaja de limón, es recordar incluso los postres que hacía su abuela, que según tengo entendido aún pregunta por mi.

Che me trae de vuelta lo feliz que era a su lado compartiendo su entorno y lo inesperado que fue para mi encontrarme allí como en casa, ahora sólo me falta vodka en el minibar para preparar una buena jarra de Agua con que terminar de nuevo borracho con el sabor de entonces, porque sigo sin conseguir aceptar que dejarla fue una de las dos mayores equivocaciones de mi vida, que ha pasado un lustro y sigo anclado en un ciego arrepentimiento, mirando el mismo mar, convertido en canción de Serrat, sin poder olvidarla.

 

 

Y creo que nunca le di las gracias.


Distinto

Octubre 8, 2007

Soñaba que ella me explicaba con razones sólidas de roca por qué él me había traicionado, todos en fila sentados en la acera con quince años menos, ¿ah sí?, me levanté tres lustros después para seguir jugando porque si algo está claro es que si la haces la acabarás pagando.

Despertó la radio entonces con voces exaltadas anunciando que el coche odiado había encallado en la puzzolana, nada de huesos doloridos ni agujeros en el hígado, descalzo sobre el suelo helado, escurriendo una sonrisa de vitamina C, galvanizando el cansancio acumulado de las tres semanas anteriores en la palma de la mano. Leonor sigue de terciopelo asfaltando las calles desiertas del extrarradio. Suena el teléfono con la canción de septiembre, su voz. Cinco estaciones por la línea roja desde Ventas hacia Sol, los tibios rayos aguantando el tirón sobre hileras de colores a rueda tras el pedaleo de cientos de bicicletas. El abrazo, los besos, la escalera.

Caminaba por los amplios pasillos guiándome con el plano atravesando habitaciones numeradas como en la novela de Umberto escondiendo todas ellas decenas de regalos mágicos y cada vez que entraba en una sala buscaba con la mirada a qué episodio antiguo me devolvían las paredes, maravillado encontraba en cada una un recuerdo y en cada uno una persona y en pinceladas pigmentadas fragmentos de carpetas, aviones, puertas de madera y folios en blanco. Una expresión por completo ignorante pero inusualmente feliz, ella emocionada hasta el brillo en las pupilas y él sentado en un banco disfrutando por fin. Solos los tres desperdigados como tras un naufragio tejiendo con retales una bandera nueva, ni blanca ni negra, que nos ampare cuando se cumplan las amenazas y todo quede de nuevo a la deriva, por la inercia, en la inopia.

Cerveza alemana para celebrarlo bajo las sombrillas de la plaza de Santa Ana, siete de octubre, diecinueve grados.

 

 


Televisión

Octubre 3, 2007

En una reciente cena con los amigotes, entre el fin del segundo plato y la llegada de los postres, mientras liaba un cigarrillo observé cómo doce de los catorce comensales se ponían a conversar muy animadamente sobre algo que nos pareció a los dos restantes extraño por creerlo olvidado y como próximo a la edad de bronce: al parecer en una casa de alguna sierra siguen encerrando a cierto número de parásitos voluntarios por un motivo o para un fin que seguimos sin alcanzar a comprender, por lo visto continúan las cámaras de televisión conectadas a todas horas y sobrevive aquella momia histriónica mezclando al tun tún chascarrillos con escenas… Él y yo nos miramos desconcertados como dos marcianos que de repente hubieran aterrizado forzosamente en un mundo farandular… Bien, en nuestro planeta particular, errático y lejano y a veces hermético, también ocurren cosas raras que ellos mirarían con la misma estupefacción: hay prisiones embarradas sin guardias como Sona, aviones que se estrellan en ninguna parte como el 815 de Oceanic Airlines, abogadas que se extirpan los escrúpulos como las de Hewes & Associates… y hasta una dulce niña que al despertar recuerda atenazada pesadillas como ésta:

Pero dejando a un lado el gusto o la reiteración o que evidentemente cada cual se evade como le viene en gana, lo que más nos fascina y nos extraña es que aún no hayan conseguido abolir la tortura publicitaria y, más aún, que sigan de rodillas bajo el yugo de los horarios y, aún más, que en este mundo ocioso que tiende a desfronterizarse sigan encogidos por ciertas arcaicas limitaciones ibéricas. Por nuestra parte ignoramos si estos pequeños avances son como para estar orgullosos pero lo que sí nos dejaron claro es que es suficiente para sentirnos marginados: a los ojos de todos los demás nosotros dos somos los raros de la banda -¿subtiqué?- y, naturalmente, para nosotros los raros son ellos.

PD: este post es -humildemente- para Hernán y para Marga y CarpeDiem de Asia Team y para muchos otros desconocidos: estos días de atrás que he pasado en casa con fiebre, las tardes de domingo planchando y otros muchos ratos muertos hubieran sido amargos de verdad sin ellos. Gracias.

 


Noches árticas

Octubre 1, 2007

Ella se esconde en un vestido de acero y yo tras un traje de cemento y salimos con guantes de neopreno a empatar a cero en un terreno de juego esculpido en el hielo. Dice que su última relación salió rana en vez de príncipe y acabó mal y por eso desconfía, y yo me pregunto por qué tengo que pagar su mala suerte anterior y por qué tiene ella que pagar la mía, así que conservamos el juicio y pagamos a medias dejando de propina las muelas sin encontrarnos en el servicio. Así está claro que la mejor es la primera cuando te sale la inocencia por las orejas y todo lo das sin reservas porque aún piensas que sólo intentarlo ya vale la pena. Ella se anda por las ramas con aliento de ventisca y no presume para que no parezca que carece, de repente calla y se convierte en nieve blanca y a mi la suma de silencios me llena de escarcha la mirada porque ya no sé diferenciar la sangre que antes me hervía de la horchata que compartimos congelada. Según el guión general pasado un tiempo de alguna forma se empieza de nuevo pero ya han pasado dos tiempos y aunque pasen doscientos sé perfectamente qué va a pasar.
Nada.