De tango

Mayo 6, 2008

Al llegar a casa encontré que alguien se había dejado a la puerta tirado un álbum, quién puede ser tan descuidado me pregunté mientras abría desprendiéndome la soga del cuello y dejando un rastro de ropa camino del servicio. No recuerdo qué tenía pensado hacer después, quizás merendar o planchar o seguir colgando cuadros, mi lógica mundana patinó sobre una superficie deslizante antes de detenerse bruscamente cuando me senté y abrí la cubierta morada de aquel libro de páginas de plástico. Había fotografías, obvio, pero… ¿pero? A la tercera para poder resistir la ceguera tuve que ponerme las gafas de soldador que desde el último eclipse quedaron sepultadas en algún lugar ignoto. Había una desconocida mujer en todas ellas, en distintos lugares, poses, ángulos y compañías, pero todo lo de alrededor nunca fue más circunstancial e irrelevante, danzantes sombras chinas que no distraían de lo primordial, lo más asombroso. Quedé deslumbrado parpadeando para humedecer las retinas que regué con colirio y dejé reposar con los ojos cerrados tumbado en el sofá, viendo proyectada sobre el negro reverso de los párpados aquella increíble. Cuando recuperé la vista leí los primeros comentarios a pie de foto, manuscritos por desconocidos, y enseguida cerré el libro de un golpe presa de los nervios para buscar con qué y dónde apuntar una nueva certeza: era ella, tenía que serlo, era ella seguro, segurísimo, y yo…

¿Llevaba demasiado tiempo esperando y era un espejismo provocado por el insomnio? Pero tampoco es que estuviera exactamente esperando, no tenía la atención centrada en ello ni me obsesionaba si caía o no la breva, era más una nota al margen, pero al margen de todos los folios, recurrente pero no obsesiva, a veces con forma de caricatura pero la mayoría sólo tenía estatus de sonido. Algo por lo que por ahora aún parecía inagotable la paciencia, algo cuya falta no me iba a matar pero prefería conocer. Tampoco sé por qué era esa y no otra con quien soñaba, no hay material racional con qué justificarlo, como elegir entre distintos tipos de fruta, como coleccionar sellos o nubes, hay gente para todo se dice. A veces cuando menos presente lo tenía, cuando flaqueaba por su cuenta y podía haber caído en el olvido, siempre en esos momentos, de la nada pero puntualmente, aparecían diminutas señales que me lo recordaban: en verano escuché a una pareja discutir a menos de cinco metros de mi toalla, en invierno los monitores dando indicaciones por las pistas de Granada. Voces, leves roces subconscientes, acumulándose en la trastienda de la cabeza como deudas impagadas, poca cosa de una en una consideradas, pero todas juntas una fortuna. ¿Y por qué a mi no? ¿Y qué si no quiero resignarme? ¿Qué tengo que hacer? ¿Cómo cambio el signo de mi suerte? ¿Cuál es la danza que provocaría esta lluvia? Por no hablar de las infinitas canciones que hablaban de ella haciéndola crecer como leyenda: alta, honesta, remontando ríos, floreciendo en palacios, todo un mapa de ilusiones hecho cuerpo de mujer.

Precisamente entre mapas andaba hundido, días después en la oficina, entretenido en repasar con tinta negra las inalcanzables fronteras. Se abrió la puerta y se presentó ella, sin más, sin preaviso, sin vergüenza. Y sin más preámbulo que una sonrisa del tamaño de la luna me tendió la rocambolesca y poco viable explicación de cómo habían ido a parar sus instantáneas a mis manos. La miré boquiabierto, estupefacto, sin saber ni imaginar cómo avanzó hasta mi mesa semejante escultura sin variar la trayectoria ni preferir antes cualquier otra. Cuando aquella boca empezó a emitir (mis más anhelados) sonidos como un manantial templado sentí que lentamente me licuaba hasta confundirme con los charcos, escurrirme por las grietas, evaporarme de algún modo de la escena mientras me replanteaba la estrategia. Se me fueron pierna abajo las fuerzas, los recuerdos, la cultura, los idiomas, todo por no saber de qué manera enfrentar tanta belleza. Aquella mañana la sorpresa me dejó con la mandíbula colgando, apenas consciente de lo que se me venía encima, la magnitud de lo que tenía delante, todo lo comprendí poco después cuando su dedo acusador me pegó un repaso acojonante. ¿De dónde había salido? ¿qué estaba buscando? ¿qué había encontrado? ¿cuánto tiempo pensaba quedarse? ¿por cuántos minutos podría mantener el engaño de que soy un tipo interesante?

He logrado sacar algunas castañas de entre el fuego en que crepitan por igual sus escenas de ciencia ficción preferidas junto al costumbrismo crepuscular de mis últimos días. He entendido a duras penas que si me limito a dejarme embelesar estaría desaprovechando un buen margen de ganancias, que el arrojo de sus expresiones sirve para más que para sacar pecho, que el contagio de su risa hace que me baje la fiebre, que puedo copiar los planos del tren de alta velocidad que pilota su orgullo. En medio de la era de acostumbrarnos a nosotros mismos yo hago equilibrios entre apegarme a la terca realidad o quedar prendido de una fantasía sin sentido. Exageras, no me crees, te duermes, me despierto, te recibes, me alegro, mira que me cuesta mirar al frente y hacer gestos. Me ha dejado prestado el texto de donde saca las ganas, me ha indicado hacia dónde poner rumbo abandonando la deriva. Con la que yo tenía preparada sólo me faltaba esto, vérmelas con cuadros de financiación intentando reducir el margen de lo imposible, mirando con lupa de mil aumentos los océanos en busca de algún islote habitable, intentando ver por una vez una luz en el futuro arrancando las cadenas de mi apego por lo probable. Ya fue bastante sorpresa que mis ratos muertos fueran tan vivos con ella como para que sólo por eso fueran distintas las reglas, por mucho que imagine una ruta hacia el sol no hay costumbres, ni desafíos, ni salidas. No se ha inventado aún el insulto o el engaño que disfrace de esperanza la despedida.

14.500

0

Todos mis sueños son arenas quietas de un reloj averiado, tienen un premio tramposo al alcance de la vista pero lejos de los labios, adorable, intangible… un resumen de la vida con estructura de tango.


Qué pocas ganas de escribir

Mayo 5, 2008

E/I/M

I never felt so much alike alike alike…


(K)

Abril 28, 2008

Al primer rayo de sol medianamente serio que aterriza sobre la piel, al primer amago de que aprietan los calores, de que hierve la sangre, se nos encienden los radares, nos tiemblan las manos, nos brillan los dientes. Una ley de rompe y rasga, un dictado del instinto, algo para lo que no hay vacuna, ni resistencia, ni remedio. No hay cómo hacer frente a esta llamada de la natura, a este vínculo de aceite, a este mandato divino. En cuanto el cielo se libra de las nubes y se aclaran los armarios nos buscamos como imanes en celo para usarnos como moras de colores que tiñan hasta borrar todas las manchas anteriores. No nos servimos para más que el socorro o el alivio, furioso y episódico, lo nuestro nunca será estable, ni extensible, ni siquiera compresible, no mucho más manejable que una montaña de explosivos. Sin embargo funciona porque conocemos cada detalle, cada rincón y cada muesca, cada recoveco donde compartir lo peor que somos lejos de juicios interesados y convenciones de frailes. Estamos al margen y conocemos una ruta secreta hacia la cima. Después de 9 años con este calendario al rojo nos rendimos con gusto a lo evidente: esto pervive porque no existe. Lo sentimos por los demás, pero va a seguir siendo inevitable este alarde de egoísmo. Seguiremos llamándonos cuando nos necesitemos porque estemos desgarrados, eufóricos, solitarios, alegres, tristes o, simplemente, calientes.

- Es una pena que lo nuestro no funcione.
- Sí… sí que lo es.


Suerte

Abril 24, 2008

No suelo llevar la cámara encima y mucho menos tirar fotos decentes. Esta vez estaba en la guantera del coche así que intenté captar este nubarrón de fantasía. Lástima las puñeteras grúas (he contado 12).

.

(Pinchando en ella se ve más grande)

Ale, buen fin de semana.